No saber también es una dirección
- Jun 14
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Hay una diferencia entre no saber qué quieres y no tener el lenguaje para nombrarlo.

Nunca fui el tipo de persona que de niño armaba robots en el garaje. No soñaba con trabajar en SpaceX o Tesla ni admiraba a Elon Musk mientras me imaginaba convertido en Iron Man (a mí me gustaba Spider-Man). Y cuando entré a la universidad, ni siquiera estudiaba ingeniería: empecé en arquitectura y terminé en mecatrónica después de uno de los cambios de rumbo más abruptos que he tomado en mi vida.
El cambio fue real. La sensación de encajar, no tanto.
Muchos de mis compañeros parecían tener muy claro por qué estaban ahí. Querían construir cosas, inventar cosas, ser la versión peruana de Tony Stark. Yo no tenía ese mito fundacional ni encajaba en el estereotipo clásico del ingeniero. Y, a medida que avanzaba en la carrera, la distancia entre lo que estudiaba y lo que existía fuera de la universidad se hacía cada vez más evidente.
El problema de estudiar ingeniería en Perú, y sospecho que en gran parte de Latinoamérica, no es la calidad de la educación. Es el horizonte implícito. La carrera tiene un destino más o menos tácito: una transnacional, una minera, un puesto técnico respetable donde aplicarás lo que aprendiste dentro de procesos que alguien más diseñó.
No es un mal destino. Simplemente, no era uno que me entusiasmara.
Y entonces volví a hacer lo que mejor sé hacer: sobrepensar.
En medio de toda esa incertidumbre y una crisis existencial sobre qué hacer con mi vida, me encontré con REPU, una red que conecta estudiantes peruanos con oportunidades de investigación en universidades de primer nivel alrededor del mundo bajo una premisa sencilla: darles la oportunidad de hacer ciencia en instituciones de excelencia bajo el apoyo de investigadores peruanos en el exterior.

Apliqué. Y terminé en la mejor universidad de ingeniería de Suecia.
KTH Royal Institute of Technology en invierno es una imagen difícil de procesar si vienes de Perú. Estocolmo te recibe con edificios del siglo XIX, oscuridad a las cuatro de la tarde y una temperatura que te recuerda constantemente lo lejos que estás de casa. Humedad, nieve y mar.
En los pasillos podías cruzarte con un premio Nobel o con un astronauta de la ESA sin que nadie hiciera demasiado escándalo. En el primer piso del edificio de ingeniería mecánica había personas desarrollando exoesqueletos para personas con discapacidades motrices como si fuera lo más normal del mundo. Tus compañeros de laboratorio venían de Stanford y tu supervisor se iba a Harvard en agosto.
Yo estaba en el Promobilia MoveAbility Lab, trabajando en biomecánica y modelos musculoesqueléticos para que esa información eventualmente ayudara al diseño de prótesis y dispositivos de rehabilitación.
Pero lo que más me sorprendió no fueron los proyectos ni la infraestructura. Fue que nadie sabía exactamente qué estaba haciendo.
No porque no entendieran los fundamentos. Los entendían perfectamente. Me refiero a algo más profundo: no existía un mapa. No había una secuencia de pasos que garantizara un resultado. No había una ruta correcta y todas las demás equivocadas.
Durante años asumí que la ingeniería consistía en aprender respuestas. Resolver ejercicios. Aplicar metodologías. Encontrar la solución correcta al final del problema. La universidad nos vuelve analíticos; el modelo educativo peruano, además, nos enseña a memorizar fórmulas y aplicarlas.
La investigación es casi lo contrario.
Pasas días, semanas, meses (y en un doctorado, años) persiguiendo preguntas cuya respuesta nadie conoce todavía. Lees artículos para descubrir que ellos tampoco la tienen. Diseñas experimentos que fallan. Tomas decisiones con información incompleta. Avanzas constantemente por territorio desconocido, donde nadie puede decirte si estás haciendo lo correcto porque, literalmente, nadie lo sabe aún.
Y, para mi sorpresa, eso me enganchó por completo.
No el glamour de estar en Suecia. No la infraestructura. No los contactos. Sino esa sensación específica de trabajar en algo donde la pregunta importa más que la respuesta. Donde el valor no está en ejecutar correctamente un procedimiento, sino en formular la pregunta correcta.

Yo venía de un contexto donde eso parecía un lujo casi abstracto.
Más que una pasantía, REPU funcionó como una simulación. Una forma de probar cómo me desenvolvía en un entorno donde generar conocimiento forma parte de la rutina diaria y no es simplemente una tesis que haces una vez y luego dejas atrás.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que estaba exactamente donde quería estar.
No porque finalmente encajara. Seguía siendo una anomalía. Alguien que había llegado por el camino raro, sin el mito fundacional, sin haber construido robots de niño. Sino porque descubrí que ese entorno no requería que encajaras. Requería que te hicieras buenas preguntas y que fueras capaz de soportar la incomodidad de no tener respuestas durante mucho tiempo.
Y eso sí podía hacerlo.
Volví con menos certezas. Regresé a Lima con más preguntas de las que tenía cuando me fui, lo que supongo que es una buena señal.
Sigo sin encajar del todo en el molde estándar. Sigo sin tener la historia de origen del ingeniero o del científico clásico. Pero la incertidumbre se siente distinta ahora. Menos como un defecto y más como una característica. Una forma particular de estar en el mundo que, resulta, tiene bastante utilidad en ciertos lugares.
Lo que descubrí en Estocolmo es simple: no me apasiona construir respuestas. Me apasiona perseguir preguntas.
Y quizás lo más importante es que entendí algo que me costó años aceptar: no tienes que saber exactamente lo que estás haciendo todo el tiempo. Porque la verdad es que casi nadie lo sabe.
Ver a investigadores brillantes, profesores con décadas de experiencia o personas con doctorados de Stanford seguir cuestionándose el futuro fue extrañamente tranquilizador. Si ellos también dudaban, quizás la incertidumbre no era una señal de que estaba perdido. Quizás era simplemente parte del proceso.
Tardé varios años y un invierno sueco en entenderlo.
Pero sería injusto atribuir esta historia únicamente a Suecia. REPU no solo me abrió una puerta. Me acompañó mientras aprendía a cruzarla.
Durante toda la pasantía conté con el apoyo constante de mi mentor, algo especialmente valioso en un entorno donde la incertidumbre forma parte del trabajo. También me dio herramientas para comunicar ciencia, presentar ideas y desenvolverme con confianza en espacios académicos.
Con el tiempo entendí que REPU es mucho más que un programa. Es una comunidad construida sobre la generosidad de quienes decidieron extender la mano después de haber recibido ayuda ellos mismos. Y quizás por eso su mayor aporte no fue llevarme a Suecia, sino mostrarme que también había un lugar para mí dentro de la ciencia.

REPU me permitió probar algo que nunca había considerado seriamente: la vida académica. Fue una especie de ensayo general para una maestría o un doctorado. Un espacio donde conviví con personas cuya rutina consiste en formular preguntas que todavía no tienen respuesta.
Y, para mi sorpresa, me sentí más cómodo ahí que en muchos otros lugares.
Me gusta mucho una pregunta de la poeta Mary Oliver:
"¿Qué es lo que planeas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?"
Después de Suecia, creo que entendí un poco mejor lo que eso significa. Ahora entiendo que esa era precisamente la pregunta correcta. No para responderla de una vez. Sino para dejar que te oriente mientras caminas.
No sé exactamente dónde terminaré. Pero, por primera vez, tengo una idea bastante clara de la dirección.
AUTHOR: GIANPIERO HUARICAPCHA

Gianpiero nació y creció en Junín, Perú, antes de venir a Lima a estudiar Ingeniería Mecatrónica en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), donde cursa su último semestre. Sus áreas de investigación se concentran en exoesqueletos, biomecánica, simulación musculoesquelética y ortesis infantil. Está comprometido con promover una ciencia inclusiva, abierta y colaborativa en Latinoamérica, con el objetivo de ampliar el acceso a oportunidades de investigación.










