De genes a genomas
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Cuando somos pequeños solemos esperar ansiosos crecer y convertirnos en adultos. Incluso contamos emocionados cuánto nos falta para cumplir años y, sin darnos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, estamos sentados en nuestra ceremonia de graduación de la secundaria, con el futuro en las manos y a la espera de conseguir una vacante en la universidad. Algunos ya sabían desde temprana edad cuál sería la carrera que definiría sus vidas, pero muchos otros aún tenían dudas. Ya en la universidad nos damos cuenta de que hay un mundo entero de conocimientos por descubrir. Aprendemos a sobrellevar la carga universitaria y, poco a poco, tomamos la responsabilidad de la profesión que hemos escogido.
Mas no es el fin, porque si bien en las aulas hemos adquirido los conocimientos necesarios, nuestros sueños no terminan ahí. Podemos escalar un poco más, y es en ese proceso donde vivimos nuevas experiencias que fortalecen nuestras habilidades. No solo eso, en el camino quizás descubramos capacidades que desconocíamos de nosotros mismos e incluso encontremos una pasión por áreas que jamás pasaron por nuestra mente.
Hola, soy Alexandra, nací en la ciudad de Puno. Recuerdo que en la secundaria tenía una habilidad potencial para las matemáticas; por ello, un buen tiempo consideré estudiar una carrera relacionada a la rama, como ingeniería o arquitectura. No obstante, también desde muy pequeña me gustaba el curso de Ciencia y Ambiente, ya que el docente de aquel entonces me inspiraba cierta motivación. Llevé conmigo esa incógnita por mucho tiempo, es decir, si realmente era tan buena en matemáticas debería ser ingeniería, pero también la biología llamaba mi atención y curiosidad. Curiosidad que incrementó por una práctica de laboratorio.
En el 2020 ingresé a la carrera de Microbiología y Laboratorio Clínico en la Universidad Nacional del Altiplano (UNAP). Tengo que confesar que pensé que no alcanzaría la vacante, debido a que no me sentía lo suficientemente preparada, pero alcancé un cupo. Mi sorpresa no terminó ahí, sino que una semana después de saber los resultados empezó la cuarentena por el COVID-19. Así que, como suponen, los primeros ciclos de mi formación universitaria los llevé de manera virtual.

En aquel entonces, era muy joven, con poco conocimiento sobre la carrera en sí y no tenía la conciencia suficiente para entender la responsabilidad de ser una futura profesional. Seguía las clases con normalidad, cumplía con los deberes destinados en cada curso y destinaba el tiempo restante a hacer videos en YouTube; sin embargo, llevaba conmigo la curiosidad que arrastraba desde la secundaria, ¿recuerdan aquella práctica de laboratorio?, y que, por supuesto, tiene nombre: el ácido desoxirribonucleico, más conocido como ADN.
Durante el desarrollo de las sesiones virtuales, aprendí demasiado y fui decantándome por ciertas áreas de la Microbiología. Un semestre antes de empezar la presencialidad llevé el curso de Biología Molecular; centrado en la parte teórica, aprendí conocimientos básicos sobre el ADN, pero para mí no fue suficiente. Yo quería poder extraerlo, poder realizar experimentos con él y entender, en mi afán, su funcionamiento y los secretos que oculta. En ese momento tomé conciencia de mi carrera y de la profesional que anhelaba ser.
Comencé una búsqueda donde encontré oportunidades que me ayudaron a afianzar mis conocimientos: realicé mi primera extracción de ADN, mi primera PCR, mi primera electroforesis, aprendí sobre la importancia crítica de la Taq polimerasa, la precisión de los primers y la función de buffers como el TBE o TAE. Posteriormente, me adentré en la filogenia de bacterias patógenas de importancia clínica.
En ese camino comprendí que amplificar genes específicos era solo la punta del iceberg. Descubrí que podía ir más allá; es decir, analizar genomas enteros mediante herramientas bioinformáticas para descifrar la arquitectura completa de un microorganismo, entender sus mecanismos de resistencia a antibióticos y su evolución. Es así que REPU fue la oportunidad para dar ese salto y seguir construyendo este sueño; por ello, postulé a la convocatoria Atix.
Recuerdo la noche en la que recibí la noticia. Estaba caminando junto a uno de mis compañeros de trabajo, hablando de la vida, ya saben, de esas conversaciones propias de la juventud. Nos preguntábamos acerca de qué se supone que se tiene que hacer después de sustentar y tratábamos de buscar respuestas inmediatas para calmar el temor de sentir que existe un futuro que, para bien o para mal, va a suceder. Hacía frío. Recuerdo sentir mis dedos partirse por lo helados que estaban, las luces apenas alumbraban, el ruido de las voces, las combis estacionadas, el viento yendo contra mí. Apenas escuchaba mi voz hasta que recibí una notificación. La revisé sin mucho apuro, y era un mensaje del Dr. Jorge Rúa que decía: “El profesor acaba de informarnos de que puede aceptar a una segunda estudiante, lo que te da la aceptación automática para realizar la pasantía en su laboratorio”.
Lo que sentí en ese momento no fue alegría, ni regocijo, ni euforia; solo confusión y una pequeña vocecita diciéndome “lo logré”. Y aunque la alegría no fue lo primero que consumió mis entrañas, dentro de mí entendí que a veces el futuro —aquello que no sabemos— nos sorprende. Es tan impredecible que terminó cambiando mi destino.
En el Laboratorio de Genómica Microbiana de la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH) aprendí que lo invisible se hace visible; que la molécula de ADN es mucho más que bases nitrogenadas expresando genes, es en esencia un mecanismo intrínseco que explica por qué microorganismos tan pequeños como las bacterias representan un desafío constante para la salud.
Estudiar el genoma bacteriano para mí fue la puerta a un mundo lleno de preguntas y respuestas que me ayudaron a comprender que las bacterias tienen un origen, que comparten y silencian genes, y que todas son muy distintas entre sí, aunque sean de la misma especie.
Estoy agradecida con REPU y con el Laboratorio de Genómica Microbiana de la UPCH, porque fueron una experiencia transformadora; en ustedes encontré la respuesta que necesitaba para entender y reafirmar mi devoción por la ciencia. Encontré una familia con similares aspiraciones a las mías, un espacio donde mi amor por la genómica se sintió en casa, y aunque hacer ciencia en nuestro país no es fácil y es un reto constante, me siento a gusto de poder aceptar el desafío y formar parte del mundo científico.
AUTHOR: GABRIELA ALEXANDRA QUISPE FLOREZ

Gabriela Alexandra Quispe Florez nació y creció en Puno, Perú, donde estudió Microbiología y Laboratorio Clínico en la Universidad Nacional del Altiplano (UNAP). Sus líneas de investigación abarcan la biología molecular, la genómica microbiana y el análisis bioinformático de bacterias patógenas de importancia clínica. Asimismo, está comprometida con la divulgación científica y la promoción de la investigación en el país.










